miércoles, 17 de febrero de 2010

Las Ultimas Fotos de Ernesto "CHE" Guevara





El Che fue capturado el 8 de octubre de 1967 tras una emboscada del Segundo Batallón Ranger del ejercito boliviano en la Quebrada del Yuro. Se le traslado, herido en una pierna, hasta la escuela pública del poblado de La Higuera (cerca de la ciudad de Vallegrande, en el Departamento de Santa Cruz). El 9 de octubre, llegaron al poblado el coronel Joaquín Centeno Anaya, Comandante de la 8ª División, y el agente cubano de la CIA Félix Rodríguez, ambos en un helicóptero pilotado por el mayor Jaime Niño de Guzmán. Rodríguez escribiría a sus superiores: “[el Che] estaba rodeado por los cadáveres de sus camaradas, echado de lado, con las manos y los pies atados juntos en la espalda. La sangre le chorreaba por la pierna y parecía un pedazo de basura”. Mas tarde, el presidente de Bolivia, el general René Barrientos, envió la orden de ejecutar al prisionero. Antes del fusilamiento, Félix Rodríguez sacó al Che del aula para que le tomaran una fotografía junto a el.
Pero hubo mas. El coronel Arnado Saucedo Parada encargó al mayor Jaime Niño de Guzmán que tomara fotos del guerrillero aun vivo, y para ello le entregó su cámara. Aquí lo vemos, sentado dentro de la escuela con las manos atadas.Mario Terán fue el sargento boliviano que disparó contra Ernesto Guevara el día 9 de octubre de 1967. El coronel Centeno lo eligió al azar entre los siete suboficiales presentes. Horas antes habían sido ejecutados otros dos guerrilleros: Simeón Cuba, alias Willy, capturado el día anterior junto al Che, y Juan Pablo Chang, alias El Chino, capturado ese mismo día. Según relató Mario Terán:


Dudé 40 minutos antes de ejecutar la orden. Me fui a ver al coronel Pérez con la esperanza de que la hubiera anulado. Pero el coronel se puso furioso. Así es que fui. Ése fue el peor momento de mi vida. Cuando llegué, el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo: «Usted ha venido a matarme». Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Entonces me preguntó: «¿Qué han dicho los otros?». Le respondí que no habían dicho nada y él contestó: «¡Eran unos valientes!». Yo no me atreví a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Sentía que se echaba encima y cuando me miró fijamente, me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido el Che podría quitarme el arma. «¡Póngase sereno —me dijo— y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!». Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che, con las piernas destrozadas, cayó al suelo, se contorsionó y empezó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón. Ya estaba muerto.

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